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Crónicas de
Guárico
Fotografía de Los Negros Kimbánganos de Lezama Cultura

La Parranda Sagrada de los Valles del Orituco

Los Negros Kimbánganos de Lezama

Cada 24 de junio, en San Francisco Javier de Lezama y los valles del Orituco, un tambor antiguo rompe el silencio del llano guariqueño y los Kimbánganos toman la plaza. Esta manifestación cultural — nacida del encuentro entre esclavos africanos y San Juan Bautista en la Hacienda Tocoragua hace más de tres siglos — es una de las expresiones de sincretismo religioso más auténticas y conmovedoras de Venezuela. Fe, resistencia y memoria de África, todo fundido en un solo tambor.

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Registro Histórico

Lezama antes de la esclavitud: tierra de Guaiqueríes y cacao +
San Francisco Javier de Lezama fue antes de la conquista española un pueblo de indios llamado 'Lizama', habitado por los Guaiqueríes, quienes organizaban su vida colectiva en torno al cultivo de la tierra y las relaciones de parentesco. Con la llegada de los conquistadores, las tierras comunales indígenas fueron ocupadas sistemáticamente, formándose haciendas y hatos que convirtieron el patrimonio colectivo en propiedad privada de familias criollas.

A mediados del siglo XVIII las condiciones del latifundismo colonial estaban plenamente establecidas en los valles del Orituco. La mano de obra indígena había sido prácticamente extinguida por la explotación y las enfermedades. Para sostener la intensa actividad agrícola — especialmente el cacao, el tabaco y la caña de azúcar, que en esos valles fértiles cercanos a Caracas generaban grandes dividendos — la demanda de esclavos africanos se hizo indispensable.
La Hacienda Tocoragua: el corazón de la historia +
A cuatro kilómetros al norte de Lezama se encontraba la Hacienda Tocoragua, una de las más importantes de la región desde la segunda mitad del siglo XVIII: sus trapiches, la fertilidad de sus tierras y su numerosa mano de obra esclava la convirtieron en el asentamiento más productivo de los valles del Orituco.

En 1774 la hacienda contaba con 43 esclavos. Para 1827 esa cifra había crecido a 200, a los que se sumaban 52 de la hacienda Tocoraguita. Ambas propiedades pertenecían a Don Pedro José Marrero, quien en su testamento de ese año reconoció haber dado la libertad a 11 esclavos en Tocoragua y a 4 en la segunda. Fue en este suelo, lejos de sus tierras de origen, donde los africanos comenzaron a crear y recrear sus costumbres ancestrales — sembrando las raíces de la tradición que hoy se conoce como los Negros Kimbánganos.

La leyenda popular cuenta que fue precisamente en las montañas del León, tierras de Tocoragua, donde San Juan Bautista apareció y se encontró con los negros esclavizados. Ante la imagen del santo que los dueños querían llevar a la iglesia, un esclavo anciano tomó el tambor y comenzó a tocarlo — y fue así como la imagen mostró su rostro.
El sincretismo: Africa y el catolicismo fundidos en fe +
La Parranda de los Negros Kimbánganos es el resultado de un proceso de imposición y resistencia. Los esclavos africanos fueron obligados a convertirse al catolicismo, pero en lugar de abandonar sus propias creencias, las fusionaron con las del santo impuesto: vieron en San Juan Bautista un símil de sus propios dioses africanos. Era una sumisión aparente — una forma de sobrevivir sin perder la memoria de quiénes eran.

Ya en el siglo XVIII la celebración estaba plenamente arraigada. Francisco de Soto, funcionario de la Real Hacienda del Partido de Orituco entre 1782 y 1788, documentó que cada 24 de junio 'los esclavos y los otros individuos de color se dedican durante todo el día y la noche a danzar y cantar al compás de tambores... no hay negro, ya sea hombre, mujer o párvulo, esclavo o libre, que no salga a festejar en esta ocasión. Las celebraciones comienzan desde el 23, haciendo retumbar en todo el valle el monótono tam tam de los tambores, que no cesan ni por un instante'.

De esta manera nació la manifestación: con el tambor africano resonando en honor a un santo católico, con el cuerpo danzando memorias de África en tierra venezolana.
La parranda: cómo se celebra y qué significa cada gesto +
Cada 24 de junio — día de San Juan Bautista — los Kimbánganos llevan portabanderas y capitanes que toman las plazas de los pueblos. La participación es predominantemente masculina: los hombres ejecutan la danza y los cantos mientras las mujeres participan en los preparativos o bailan la 'jinca', pero nunca frente al santo.

El tambor kimbángano marca el ritmo de todo. Los cantos son improvisados y revelan capas de significado que vienen de lejos: algunos gestos hacia el santo se tornan desafiantes, algunos movimientos son provocadores, y expresiones como 'oh yo yo que te saco los ojos' conservan viva la rebeldía de quienes no podían rebelarse abiertamente. Es la memoria de la resistencia, codificada en el cuerpo y la voz durante generaciones.

La procesión lleva al santo por las calles de Lezama entre tambores, danzas y cánticos. La cofradía — una sociedad organizada que garantiza la realización de la fiesta y el cumplimiento de sus normas — existe hasta hoy en Lezama y San Rafael de Orituco. En San Rafael y en la 'Fila Maestra' también se honra a San Pedro, Santa Rosa y San Ramón.
Las promesas: una herencia que se transmite de padre a hijo +
Un elemento central que mantiene viva la tradición son las promesas. Los parranderos ofrecen al santo bailarlo por un tiempo definido o, en algunos casos, de por vida. Los padres ofrecen a sus hijos varones para que bailen desde niños — así la manifestación pasa de generación en generación como una obligación sagrada y un honor familiar.

Las promesas se hacen por razones tan diversas como la vida misma: para recuperarse de una enfermedad, para que las cosechas sean abundantes, para que aparezca un animal perdido, para obtener un grado de estudio, para que un negocio salga bien. El santo es intercesor de todo, y el tambor y la danza son el pago de cada favor recibido.

La parranda se diseminó desde los valles del Orituco hacia toda la región, llegando hasta Guarenas y Guatire en el estado Miranda — territorios que en la época colonial compartían provincia con el Guárico. La fe viajó con los esclavos y sus hijos libres, y echó raíces en cada suelo que pisó.
Patrimonio vivo: investigación y salvaguarda +
La Manifestación Cultural de los Negros Kimbánganos de Lezama ha sido estudiada con rigor académico y reconocida como parte esencial del patrimonio cultural inmaterial venezolano. La profesora María M. Luna, Magíster en Historia de Venezuela, dedicó años de investigación a esta tradición y escribió el libro 'Manifestación Cultural de los Negros Kimbánganos de Lezama', publicado por la Editorial El Perro y La Rana — una obra que documenta sus orígenes, su evolución y su significado para la identidad de la región.

El escritor e investigador Benito Irady, representante de Venezuela ante la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, también caminó los valles del Orituco y recogió los testimonios de sus guardianes — entre ellos el de Sixta Marrero, descendiente de los esclavos de Tocoragua, quien preserva también la imagen de un San Juan Bautista milagroso en el sitio de Acapral.

Más de tres siglos después de que aquel tambor sonara por primera vez en Tocoragua, los Kimbánganos siguen tomando la plaza cada 24 de junio. Mientras el tambor retumbe, África seguirá viva en el corazón del llano guariqueño.